Una vez en el coche, ninguno de los dos dijo nada y se sumieron en un profundo silencio.
Rachel miraba la oscuridad, sintiendo el peso de los acontecimientos y las dudas que había generado aquel encuentro, mientras Logan mantenía una expresión impasible, mientras sus manos se aferraban firmemente al volante, mientras conducía.
—¿A dónde vamos? —preguntó Rachel, con el ceño fruncido, finalmente, rompiendo el silencio.
—A mi mansión —respondió Logan, sin emoción y sin apartar la vista del camino.