Mundo ficciónIniciar sesiónEl segundo día amaneció con menos nervios que el primero, aunque no con menos torpeza de mi parte: conseguí llegar tarde a la fila del comedor por perderme dos veces en un pasillo que, juraría, no existía la tarde anterior.
Para cuando llegué, la fila ya avanzaba a paso lento, y me formé detrás de un chico bajo de estatura, sin llegar a chaparro, de complexión robusta sin ser gordo. Sostenía su bandeja con una mano, distraído, mientras con la otra sostenía en alto un libro enorme, de t***s gruesas y desgastadas, con un título en letras doradas que alcancé a leer a medias: algo sobre "compendios arcanos" y "prácticas ancestrales". No le presté demasiada atención al principio. Un libro grande no era, por sí solo, motivo de curiosidad en un lugar donde ya había visto plataformas de piedra brotar de estanques y aulas con el techo abierto al cielo. La fila avanzó. Cuando llegó su turno de servirse, se apartó hacia una mesa cercana sin soltar el libro ni un segundo, todavía con la vista fija en sus páginas mientras caminaba con una seguridad que sugería que llevaba años perfeccionando el arte de leer sin tropezar. Terminé mi propio turno poco después y, sin pensarlo demasiado —la mesa estaba cerca, y el resto del comedor ya empezaba a llenarse—, me senté a su lado. Fue solo entonces, con el libro abierto a apenas un brazo de distancia, cuando alcancé a ver lo que había dentro. Asomando por el borde interior de las páginas grandes y amarillentas del compendio, había algo que no encajaba en absoluto con "prácticas ancestrales": un manual delgado, de papel mucho más moderno, con diagramas de líneas rectas y piezas metálicas que reconocí de inmediato. Reconocí el tipo de ilustración, el estilo de los trazos, incluso algunas de las palabras impresas al margen. Sabía leer eso porque, años atrás, había encontrado unos libros escondidos entre las cosas de Ágata. Libros sobre el mundo humano: su tecnología, sus costumbres, cosas que se suponía nadie de nuestro lado debía siquiera tocar. Alcancé a leerlos casi enteros, a escondidas, antes de que Ágata los descubriera y los quemara sin explicarme del todo por qué. "Es peligroso saber demasiado de un mundo que ya no quiere saber nada de nosotros", fue lo único que dijo entonces, mientras las páginas se consumían en la chimenea. No había vuelto a pensar en eso hasta ese momento, sentada junto a un desconocido que sostenía, escondido dentro de un libro permitido, exactamente el tipo de material que Ágata había quemado con tanta prisa. --- Él seguía absorto en la lectura, sin notar en absoluto que alguien se había sentado a su lado. Pasaron varios segundos así, yo observando de reojo, hasta que bajó el libro un par de centímetros, frunció el ceño hacia algún punto invisible en el aire, y murmuró, más para sí mismo que para cualquier otra persona: —¿Cilindros... cilindros? —No son los de la ilustración 5B —dije, señalando con el dedo hacia la página que alcanzaba a ver desde mi asiento. El chico dio un respingo tan brusco que estuvo a punto de tirar su bandeja. Cerró el libro de golpe, con un manotazo casi reflejo, y giró hacia mí con una expresión que oscilaba entre el susto y algo mucho más cercano al pánico genuino. —¿Tú quién eres? —preguntó, con la voz alterada, mirando primero a mí y después, rápidamente, alrededor de la mesa, como si calculara quién más podría haber visto lo mismo que yo. —Elena Fon'Craun —respondí, enderezándome un poco en mi asiento, procurando mantener la voz baja—. Bruja. Mucho gusto. Pareció tardar un segundo en decidir que mi presentación formal no encajaba con la de alguien a punto de delatarlo, y algo en sus hombros se relajó, apenas. —Hans Wayland —dijo, todavía con cautela—. Elfo. —Mucho gusto, Hans —repetí, esta vez más suave—. ¿De dónde sacaste ese libro? —¿Este? —Levantó el volumen grande, todavía cerrado, con una naturalidad forzada que no terminaba de ocultar el nerviosismo debajo—. Me lo prestó un profesor del ala de estudios avanzados. Es un compendio bastante antiguo sobre prácticas rituales de hace un par de siglos. Lo dijo dando por completo sentado que aquella era la única respuesta posible, como si el manual que segundos antes asomaba entre sus páginas jamás hubiera existido. No lo mencionó. No hizo ni el más mínimo gesto hacia esa parte del libro, y su expresión se mantuvo tan tranquila que, de no haberlo visto con mis propios ojos minutos antes, habría creído sin dudar que ahí dentro solo había prácticas rituales de hace siglos. —Tranquilo —dije, antes de que pudiera inventar una segunda explicación—. No voy a decir nada. —No sé de qué hablas —respondió, demasiado rápido, con el libro ya apretado contra su pecho. —Claro que no —contesté, sin insistir más de la cuenta. No hacía falta. Entendía perfectamente qué era guardar algo que podía meterte en problemas serios si la persona equivocada lo veía. --- Terminé mi desayuno en silencio, dejando que él recuperara la compostura a su propio ritmo. Cuando me puse de pie para cambiarme a otra mesa —lo suficientemente lejos como para no seguir siendo, sin querer, un riesgo para él—, Hans todavía tenía el libro grande cerrado sobre la mesa, sin abrirlo de nuevo. No lo abrió en el resto del desayuno. Lo noté de reojo, desde mi nuevo asiento: se limitó a comer, revisar el comedor cada tanto con una atención que antes no había tenido, y guardar el libro por completo dentro de su mochila antes incluso de terminar. Como si mi sola presencia, sentada a su lado durante esos pocos minutos, hubiera sido suficiente para recordarle lo fácil que sería que alguien más lo descubriera. Terminé mi propio desayuno preguntándome si acababa de hacer un nuevo amigo o de asustar para siempre al único otro estudiante que, hasta ahora, parecía guardar secretos tan grandes como los míos.






