Mundo ficciónIniciar sesiónDescubrí tres cosas antes de que terminara mi primera clase real en la Academia.
La primera: mi horario indicaba "Condición Física General" a primera hora, lo cual sonaba razonablemente inofensivo en papel. La segunda: "razonablemente inofensivo" y "Academia" parecían ser dos conceptos que se llevaban muy mal entre sí. La tercera la descubriría de la forma más humillante posible, colgada de una cuerda a seis metros del suelo. --- El patio de entrenamiento no se parecía en nada a lo que yo había imaginado. No había gradas de piedra ni un terreno despejado y ya está: el techo se abría en un óvalo enorme por el que entraba luz natural, y el suelo cambiaba de textura según la zona. Arena fina en un extremo. Algo parecido a musgo elástico en el centro. Piedra pulida y fría hacia el fondo, una superficie que sospeché estaba pensada para quienes no necesitaban amortiguar sus caídas. Preferí no pensar en quién encajaba en esa categoría. El instructor, un hombre bajo y fornido, de voz sorprendentemente aguda para su tamaño, nos reunió en el centro y señaló hacia arriba. Seguí su dedo con la mirada y sentí que el estómago se me encogía un poco. Una hilera de cuerdas gruesas colgaba desde el techo abovedado. Cada una terminaba arriba en una pequeña campanilla de bronce que, supuse, había que hacer sonar para demostrar que se había llegado hasta el final. —Nada complicado —anunció el instructor, con el tono cansado de quien ha repetido esa frase cientos de veces sin que nadie le crea del todo—. Suben, tocan la campana, bajan. El objetivo de hoy no es la velocidad. Es que aprendan dónde están los límites de sus propios cuerpos y de las capacidades que poseen. Miré la cuerda más cercana. No me devolvió ninguna confianza. --- Los primeros en subir lo hicieron con una facilidad que me pareció casi ofensiva. Una chica de cabello plateado trepó como si la cuerda apenas ejerciera resistencia, tocó la campana con un gesto aburrido y bajó igual de rápido. Un chico de estatura media, ni muy alto ni bajo, subió con menos gracia pero con tanta determinación que nadie se atrevió a reír cuando se le resbaló el pie a mitad de camino. Reconocí, entre el grupo que esperaba turno, al chico de cabello castaño y ojos rojizos del día anterior. Subió sin prisa, casi con desdén, como si la cuerda le debiera una disculpa por atreverse a existir en su camino. Tocó la campana sin esfuerzo aparente y bajó con la misma elegancia calculada con la que hacía todo lo demás, por lo visto. Me tocó a mí. Agarré la cuerda con ambas manos, respiré una sola vez y empecé a subir. Los primeros metros fueron mejor de lo esperado: brazos, piernas, un ritmo torpe pero funcional. Me permití, por un segundo, sentirme casi orgullosa. Ese segundo fue mi error. A media altura, mis brazos empezaron a temblar. No por cansancio —o no solo por cansancio— sino por algo más parecido a un cosquilleo eléctrico que me subía desde las palmas de las manos. Reconocí la sensación de inmediato, con el mismo horror con el que uno reconoce a un enemigo antiguo: mi magia, descontrolándose sin que yo se lo hubiera pedido. —No, no, no —susurré, como si negociar en voz baja fuera a servir de algo. No sirvió de nada. Un chispazo azulado me recorrió los dedos, la cuerda se sacudió como si algo la hubiera mordido, y de pronto mis manos ya no sostenían nada. Caí. --- No llegué al suelo. Un par de brazos me atraparon a medio camino con una firmeza que no encajaba con la velocidad a la que debió haberse movido para lograrlo. El impacto me sacó el aire de los pulmones de todos modos, pero no fue el golpe que había esperado. Abrí los ojos —no recordaba haberlos cerrado— y me encontré con la cara de un chico que no había visto antes. Cabello medio largo recogido en una cola de caballo despeinada, una sonrisa que parecía instalada de forma permanente, y una expresión de sorpresa que, sospeché, no tenía nada que ver con haberme atrapado y todo que ver con lo rápido que había reaccionado sin pensarlo. —Vaya —dijo, como si acabara de descubrir algo interesante—. Eso sí que no me lo esperaba. —Yo tampoco —admití, todavía sin aliento, todavía en sus brazos, todavía procesando que seguía viva. Me bajó al suelo con un cuidado que contrastaba con la brusquedad con la que me había atrapado. De cerca, algo en su postura —relajada pero alerta, como si en cualquier momento pudiera necesitar moverse de nuevo— me recordó vagamente a los perros que Ágata tenía en casa. No dije nada al respecto. Parecía la clase de comentario que podía malinterpretarse. —¿Estás bien? —preguntó, y por primera vez la sonrisa se le bajó un poco, reemplazada por una preocupación genuina—. Eso se veía mal desde abajo. —Sobreviví —dije, alisándome la ropa en un intento inútil de recuperar algo de dignidad—. Gracias. De verdad. No sé qué habría pasado si... —Habrías rebotado bastante —completó él, sin ninguna delicadeza, y luego pareció darse cuenta de lo que había dicho—. Perdón. Eso no ayudó. A pesar de todo, me reí. Fue una risa corta, nerviosa, pero risa al fin. —Soy Li —dijo, tendiéndome una mano que decidí estrechar, aunque la mía todavía temblaba un poco—. Bueno, Licaon, pero nadie me llama así a menos que esté en problemas. —Elena —respondí—. Y creo que hoy casi te doy motivos para llamarme "la chica que casi mata con magia descontrolada en la primera clase". —Eso es un nombre bastante largo —dijo, con la sonrisa de vuelta en su sitio—. Prefiero Elena. El instructor llegó corriendo, alternando entre revisar que yo estuviera entera y anotar algo en una tablilla con una expresión que sugería que aquel no era, ni de lejos, el incidente más extraño que había presenciado en esa clase. Mientras me hacía preguntas de rutina —¿mareos?, ¿algo roto?, ¿necesitas ir a la enfermería?— noté que Li seguía cerca, sin alejarse del todo, como si no estuviera del todo convencido de que yo no fuera a desplomarme de nuevo por simple inercia. No me desplomé. Pero sí pasé el resto de la clase evitando cuidadosamente cualquier cuerda, campana, o superficie ubicada a más de un metro del suelo.






