Mundo de ficçãoIniciar sessãoPara cuando llegó la hora del almuerzo, ya había decidido que lo más sensato sería mantenerme alejada de cualquier actividad que involucrara magia, cuerdas, alturas, o compañeros de clase con paciencia limitada. Lo cual, pensándolo bien, descartaba casi toda la Academia.
Terminé sentada sola en una banca junto al estanque que había visto el primer día —el mismo cubierto de una neblina fría que olía a sal, como si el mar se hubiera colado hasta ahí—. Parecía el lugar más seguro posible: nada que romper, nada que incendiar, nadie a quien golpear accidentalmente con un hechizo mal dirigido. Debí saber que "lugar seguro" y "yo" eran, para efectos prácticos, términos mutuamente excluyentes. --- El sol de mediodía me caía directo encima, y entre el calor y las ganas de sentirme mínimamente útil después de la mañana que había tenido, se me ocurrió una idea que, en retrospectiva, no debí considerar ni por un segundo: un hechizo pequeño, una nubecilla que me diera algo de sombra, apenas una corriente de aire fresco, del tipo que Ágata me había enseñado para los días de verano en casa. Nada ambicioso. Nada que pudiera salir mal. Extendí la mano hacia el aire frente a mí y dejé que el hechizo tomara forma, tal como lo había hecho cientos de veces antes con resultados variables. Sentí el familiar cosquilleo subiéndome por los dedos —la señal de que la magia respondía— y por un instante creí que, esta vez, funcionaría exactamente como debía. No funcionó como debía. En lugar de una brisa suave, sentí una corriente fría recorrerme el brazo, y sobre mi cabeza se formó, en cuestión de segundos, una nube oscura que no tenía nada de decorativa. Antes de que pudiera hacer nada al respecto, la nube rompió en una lluvia repentina y furiosa que me empapó de pies a cabeza. Y no solo a mí. De detrás de la banca —donde, evidentemente, alguien había estado descansando sin que yo lo notara— se incorporó un chico de cabello en rastas, sacudiendo el agua de su cabello con un gesto tranquilo, para nada alarmado por lo que acababa de pasar. —Perdón, perdón, perdón —dije, todavía chorreando—. Fue mi culpa. Intenté algo tan simple como una brisa y se me salió de control. No debí intentar nada, yo... —Me salvaste —dijo él, interrumpiéndome, con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y algo parecido a la maravilla. Parpadeé. —¿Qué? No. Literalmente intenté un hechizo y se me fue de las manos, en el sentido más literal posible. —Clauco —dijo, ofreciéndome la mano con la misma calma con la que probablemente hacía todo—. Y de verdad, gracias. No mucha gente ayuda a un extraño así, sin pensarlo. Le estreché la mano, todavía intentando procesar cómo había logrado convertir "un hechizo descontrolado" en "heroico rescate improvisado" en el espacio de veinte segundos. —Elena —dije, resignándome a que corregirlo por segunda vez probablemente no serviría de nada—. Y de verdad, en serio, fue un accidente. Intenté un hechizo simple y se descontroló. No hice nada a propósito, más allá del hechizo en sí. —Los accidentes felices también cuentan —respondió, con un tono tan sincero que resultaba casi imposible seguir discutiendo—. Además, creo que necesitaba esto más de lo que crees. Se me estaba olvidando tomar agua, otra vez. Lo dijo con tal naturalidad que tardé un segundo en entender que hablaba en serio: para Clauco, quedar empapado por una lluvia mágica descontrolada no era una desgracia, sino una solución providencial a un problema que llevaba cargando toda la mañana. —¿Se te olvida tomar agua? —pregunté, genuinamente confundida—. ¿No eres...? Me detuve. No sabía cómo terminar esa pregunta sin sonar grosera, ni tampoco tenía del todo claro qué era él, exactamente, más allá de "alguien a quien no parece molestarle en absoluto quedar empapado por una tormenta imprevista". Clauco pareció encontrar mi torpeza divertida más que ofensiva. —Necesito el agua más de lo que la gente cree —dijo, sin dar más detalles—. Pero me distraigo fácil. Es un problema recurrente. --- Nos quedamos ahí un rato más, ambos empapados y dejando que el sol hiciera su trabajo poco a poco, yo todavía tratando de explicarle, sin mucho éxito, que no merecía ningún tipo de gratitud por un accidente que yo misma había provocado. Cada intento mío de corregir la historia parecía, paradójicamente, reforzar aún más su versión de los hechos: para Clauco, mientras más insistía yo en que había sido un error, más generosa le parecía mi negativa a aceptar reconocimiento. Terminé rindiéndome. —Bueno —dije finalmente, dándome por vencida—. De nada. Supongo. —Sabía que eras buena persona —respondió él, con una sonrisa que sugería que aquella conclusión llevaba resuelta desde el momento mismo en que había caído el agua. Me alejé de ahí unos minutos después, con el almuerzo arruinado y la ropa todavía pegada al cuerpo, además de la sensación creciente de que mi reputación en la Academia se estaba construyendo sobre una base de puros malentendidos: una casi-víctima que me consideraba una heroína, un chico que guardaba mi broche como si fuera un tesoro, y un tipo que probablemente ya le había contado a media Academia la historia de cómo me atrapó en el aire. Apenas era mi primer día.






