Para cuando llegó la hora del almuerzo, ya había decidido que lo más sensato sería mantenerme alejada de cualquier actividad que involucrara magia, cuerdas, alturas, o compañeros de clase con paciencia limitada. Lo cual, pensándolo bien, descartaba casi toda la Academia.Terminé sentada sola en una banca junto al estanque que había visto el primer día —el mismo cubierto de una neblina fría que olía a sal, como si el mar se hubiera colado hasta ahí—. Parecía el lugar más seguro posible: nada que romper, nada que incendiar, nadie a quien golpear accidentalmente con un hechizo mal dirigido.Debí saber que "lugar seguro" y "yo" eran, para efectos prácticos, términos mutuamente excluyentes.---El sol de mediodía me caía directo encima, y entre el calor y las ganas de sentirme mínimamente útil después de la mañana que había tenido, se me ocurrió una idea que, en retrospectiva, no debí considerar ni por un segundo: un hechizo pequeño, una nubecilla que me diera algo de sombra, apenas una co
Leer más