8 colás

La primera clase del segundo día era "Introducción a las Razas Mágicas", algo que, según decía el programa, resultaba prácticamente obligatorio en una academia que albergaba —si no a todas, sí a la gran mayoría— de las criaturas mágicas de este mundo.

El aula era distinta a cualquiera que hubiera visto hasta entonces: las gradas se disponían en un semicírculo amplio, todas orientadas hacia un centro despejado donde reposaba una plataforma circular de piedra pálida, casi blanca, rodeada de un aro de runas grabadas con una precisión que sugería siglos de uso cuidadoso. No había nada más en esa parte del aula. Ni mesas, ni bancos, solo la plataforma y el silencio expectante de quienes ya sabían, por experiencia previa, lo que estaba a punto de ocurrir sobre ella.

El profesor, un hombre delgado de gafas pequeñas y voz pausada, esperó a que todos tomáramos asiento antes de explicar, con la calma de quien ha dado esa misma introducción cientos de veces, que aquello era una plataforma de suspensión de magia amórfica. Al activarse, dijo, disolvía cualquier apariencia humana temporal que la Academia proporcionara y revelaba, durante los minutos que durara el hechizo, la verdadera forma de quien se colocara sobre ella. Añadió que no debíamos preocuparnos si algún día nos tocaba subir: el proceso, aseguró, era completamente indoloro, aunque "ligeramente desorientador la primera vez".

—Señorita Reiko —dijo, señalando hacia las gradas—. ¿Podría acompañarme, por favor?

Reiko se levantó sin ninguna prisa y subió a la plataforma con la misma indiferencia serena con la que hacía todo lo demás, como si aquello fuera apenas un trámite menor entre una actividad y la siguiente. El profesor trazó un símbolo en el aire con un movimiento lento y deliberado; las runas del borde se encendieron con una luz tenue, azulada, que ascendió despacio por el aro hasta cubrir por completo la figura de Reiko. Por un instante no pasó nada visible. Después, como si alguien hubiera retirado un velo invisible, la apariencia humana de Reiko se disolvió sin ruido, sin humo, sin ningún efecto dramático más allá del cambio en sí.

En su lugar quedó una kitsune de pelaje color arena, suave y denso, con ocho colas espesas moviéndose despacio a su espalda en un patrón que no parecía del todo aleatorio, como si cada una respondiera a su propio ritmo interno. Tenía una elegancia natural que no debería haberme sorprendido —ya había visto kitsunes antes, en un par de viajes que hice con Ágata a sus territorios para conseguir ingredientes de poción— pero que, de alguna forma, me sorprendió de todos modos. Nunca había visto una tan hermosa como ella. Ni siquiera de cerca, en aquellos viajes, había logrado apreciar del todo los detalles: el brillo particular del pelaje bajo la luz del aula, la forma precisa en que las colas se movían casi como si respiraran por su cuenta.

El profesor se quedó mirándola un buen rato, con la clase de atención de alguien que está haciendo cuentas mentales, antes de finalmente hablar.

—Disculpe, señorita Reiko —dijo—. Me parece peculiar que le falte su novena cola. Espero no estar señalando ninguna falta grave a esta institución, pero, como usted sabe, y como sus compañeros están a punto de descubrir, en esta academia solo se admite a kitsune que ya cuenten con sus nueve colas. Es el punto donde se considera que alcanzan su madurez mágica, dado que cada cola nueva libera un nivel de poder que no todas las de su especie logran controlar. He visto, en mis años dando esta clase, más de un caso donde ese descontrol termina en incidentes que preferiría no repetir frente a un grupo de primer año.

Reiko lo tomó con una calma que rozaba el aburrimiento.

—Ya he demostrado que puedo controlar esas liberaciones de poder —respondió, sin ningún titubeo—. Por eso se me permitió estudiar aquí pese a no tener aún la novena. La tendré antes de que termine el año escolar.

El profesor asintió, visiblemente satisfecho con la respuesta, y la felicitó por su control antes de dejarla bajar de la plataforma. En cuanto sus pies tocaron el suelo del aula, la apariencia humana volvió a cubrirla, como si el momento entero jamás hubiera ocurrido.

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Para entonces, yo ya había decidido que Reiko debía ser mi amiga. Sin condiciones, sin discusión posible conmigo misma al respecto.

Cuando volvió a su asiento, un par de filas por delante del mío, intenté saludarla con un gesto discreto de la mano. Ella me devolvió apenas una mirada de reojo, breve, sin ningún tipo de calidez, antes de volver la vista al frente como si yo no hubiera estado ahí en absoluto. Sospeché, sin mucha sorpresa, que no le había caído especialmente bien.

A mí, en cambio, me había caído extraordinariamente bien. Demasiado bien, quizás, para lo poco que sabía de ella.

El profesor siguió con la clase, hablando sobre distintas razas y sus particularidades, pero confieso que no le presté demasiada atención. Pasé el resto de la hora dándole vueltas a la misma pregunta sin encontrar ninguna respuesta satisfactoria: ¿qué hacía una para hacerse amiga de alguien que apenas parecía notar que existías?

Cuando la clase terminó, salí decidida a intentarlo de todos modos.

No llegué muy lejos. Apenas había cruzado la puerta cuando Li apareció a mi lado, con esa energía suya que parecía no disminuir nunca, preguntándome cómo había estado mi mañana con tanto entusiasmo que resultaba imposible ignorarlo sin ser grosera. Me contó, sin que se lo pidiera, algo sobre un ejercicio de rastreo que había tenido en su propia clase, y yo asentía en los momentos correctos sin dejar de buscar, por encima de su hombro, alguna señal del cabello oscuro de Reiko entre el resto de estudiantes.

Para cuando conseguí librarme —con la mayor educación posible— de la conversación, ya la había perdido de vista por completo. Me quedé un momento parada en el pasillo, escaneando la multitud sin ningún resultado, hasta que acepté que tendría que intentarlo en otro momento. Habría, me dije, más oportunidades. La Academia era grande, pero no tanto.

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