Mundo de ficçãoIniciar sessãoResignada a que quizás no volvería a ver a Reiko en el resto del día, llegué al salón de Magia Básica y me llevé una sorpresa: ahí estaba Drake, ya sentado, revisando algo en su cuaderno con esa misma indiferencia elegante de siempre, como si el incidente del broche jamás hubiera ocurrido entre nosotros. Ni siquiera levantó la vista cuando entré, lo cual, sospeché, era mejor para ambos.
Busqué la manera de sentarme lo más lejos posible de él. No quería arriesgarme a otro accidente como el de la clase pasada, y mucho menos frente a él otra vez; ya había agotado mi cuota de disculpas y objetos brillantes por esa semana. Recorrí el salón con la mirada, calculando distancias, evaluando asientos vacíos con la seriedad de quien planea una estrategia militar. Para mi sorpresa —y también, como descubriría poco después, mi mala suerte— terminé sentada junto a Reiko, en el único lugar libre que quedaba una vez que terminé mi ronda de cálculos. No lo hubiera esperado ni en un millón de años. Ella se limitó a mirarme de arriba abajo, sin decir una sola palabra, con esa misma expresión ilegible que ya empezaba a asociar con ella. No supe si sentirme halagada por la cercanía o nerviosa por lo que fuera que estuviera pasando detrás de esos ojos calculadores. --- El profesor comenzó explicando que sería una práctica parecida a la de la clase anterior: formar una esfera de luz continua entre ambos integrantes de la pareja. Solo que esta vez, en lugar del tamaño de una moneda, debía alcanzar el tamaño de una manzana. Los nervios empezaron a comerme por dentro de inmediato. Recordé lo mal que me había salido la última vez —la esfera temblando, encogiéndose, negándose a estabilizarse— y, peor aún, Reiko eligió justo ese momento para hablar por primera vez desde que nos sentamos juntas. —Debería sernos fácil —dijo, sin mirarme del todo, con la misma calma de siempre—. Siento que tienes un poder considerable. Eso debería facilitar las cosas. No supe si tomarlo como un cumplido o como una condena anticipada. Las demás parejas empezaron su ejercicio mientras esperábamos nuestro turno. No pude evitar observar a Drake: la esfera de su compañero creció firme y estable en cuestión de segundos, sin el más mínimo temblor. Nada que ver conmigo. --- Cuando llegó nuestro turno, Reiko empezó formando ella misma la base de la esfera, con el mismo gesto mínimo y perezoso que ya le había visto usar en la clase anterior. Intenté ayudar, aportar mi parte del hechizo tal como se suponía que debía hacerlo, canalizando con cuidado, midiendo cada pulso de energía como si caminara sobre hielo delgado. Pero por la forma en que su rostro se tensaba con el esfuerzo —una línea fina entre las cejas, un parpadeo más lento de lo normal— sospeché rápidamente que más que ayudar, le estaba dando trabajo extra. Sentía la energía saliendo de mis brazos en oleadas irregulares, sin ningún control real sobre si estaba entregando demasiada o demasiado poca. La esfera, suspendida entre ambas, oscilaba de tamaño cada pocos segundos: crecía más de lo pedido, se encogía de golpe, volvía a crecer. Reiko compensaba cada fluctuación con ajustes casi invisibles, sin decir nada, sin quejarse, aunque el esfuerzo que le costaba mantenerlo todo estable resultaba cada vez más evidente en la tensión de sus hombros. El ejercicio duró menos de un minuto. A mí se me hizo eterno. Cuando por fin terminó, Reiko bajó la mano, me miró de reojo, y dijo simplemente: —Ya lo suponía. Nada más. Ninguna explicación. ¿Suponía qué? ¿Que era mala? ¿Que era una tonta? ¿Que había sido un error sentarse a mi lado? Pasé el resto de la clase dándole vueltas a esa frase sin conseguir ninguna respuesta que me dejara tranquila. --- En cuanto terminó la clase, la desesperación pudo más que mi orgullo y le pregunté, sin más rodeos, qué era exactamente lo que suponía. —Que tienes un poder enorme —respondió, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Pero te falta aprender a controlarlo. No te preocupes. Yo te voy a ayudar. Se quedó callada un segundo, como sopesando si debía añadir algo más, antes de terminar la frase con una ligereza que no encajaba del todo con su tono habitual: —Para eso son las amigas, ¿no? La emoción me ganó por completo. La abracé sin pensarlo dos veces, y ambas terminamos brincando en medio del pasillo como si acabáramos de ganar algo importante, sin importarnos en absoluto los estudiantes que tuvieron que esquivarnos para seguir su camino. Y, como ya era costumbre en mí, tenía que pasar algo que me dejara en ridículo. Esta vez, Reiko también quedó atrapada en el desastre. Entre tanto brinco, perdí el equilibrio primero, arrastrándola a ella conmigo en la caída, y ambas terminamos aterrizando de lleno sobre Drake, que en ese preciso instante salía del salón con su cuaderno bajo el brazo y ninguna advertencia previa de que dos personas estaban a punto de derribarlo por completo. El golpe nos dejó a las tres —Reiko, Drake y yo— amontonadas en el suelo del pasillo, en un enredo de brazos, y un cuaderno que había salido volando varios metros más allá. Drake fue el primero en recuperar la compostura, apartándose con la dignidad forzada de alguien que se niega a admitir que acaba de terminar tirado en el piso por culpa ajena. —¿Otra vez tú? —dijo, dirigiéndose a mí con una mezcla de resignación y algo que, sospeché, empezaba a parecerse peligrosamente a la costumbre. No supe qué responder. Reiko, a mi lado, se limitó a sacudirse el polvo del uniforme con la misma calma imperturbable de siempre, como si caer encima de un compañero fuera apenas una variación menor de su rutina diaria. —Bienvenida al club —me dijo por lo bajo, mientras Drake recogía su cuaderno del suelo sin dejar de murmurar algo sobre la mala suerte que parecía perseguirlo desde mi llegada a la Academia—. Creo que oficialmente ya formas parte de su lista de desastres personales. No supe si sentirme culpable u honrada por el título. Terminé decidiendo que, probablemente, era un poco de ambas cosas.



![Lazos Malignos [Libro 2]](/dist/src/assets/images/book/206bdffa-default_cover.png)


