Limpio mi rostro de las lágrimas rápidamente, y me esfuerzo por mostrarle una sonrisa. Era lo mínimo que merecía tras su maravilloso consejo sobre las comidas favoritas de Leandro. Aun así, la señora tiene una expresión apenada, he de suponer que por el espectáculo que estoy haciendo. Tuve que encerrarme en mi habitación a llorar.
—Hola. ¿Cómo está? ¿En qué le puedo ayudar? — le saludo.
—¿Tú me puedes ayudar a mí? Pareces como alguien que necesita ayuda para sí misma. Estabas llorando hija.
—¿E