Will vio a Kath enrojecer al escuchar la insistencia con que llamaban a la puerta.
—Qué vergüenza —susurró—. Lo habrán escuchado todo.
—Que lo escuchen, solo podrán decir que soy un hombre afortunado.
Comenzaron a vestirse con rapidez, pero poco podían hacer para disimular lo ocurrido.
El cabello de su esposa estaba despeinado, sus ojos brillaban y sus mejillas tenían ese tono rosado. Se veía preciosa, y la verdad no quería que nadie más que él la viera en ese estado, pero la insistencia con la