El olor estéril del antiséptico se mezclaba con el fresco aire otoñal que entraba por la ventana entreabierta. Ammy Wilson estaba sentada junto a la cama, con los dedos descansando suavemente sobre el borde de la tela blanca que cubría la forma carbonizada del hombre. A pesar del silencio de la habitación, una corriente subterránea de tensión zumbaba en el aire.
—¿Algún cambio hoy? —preguntó el doctor Reynolds al entrar, con la voz teñida de la cansada resignación que surge de días sin progreso.