La sala de juntas revestida de roble vibraba de tensión y el aire estaba cargado del olor a sillas de cuero y a café preparado. Sebastián Montenegro estaba a la cabecera de la mesa, con las manos firmemente plantadas sobre la superficie pulida, y un aura de autoridad emanaba de él mientras se dirigía a la hilera de rostros serios.
Su padre, Alejandro, Sara y tres hombres más que conformaban la sociedad Montenegro, escuchaban con atención.
—A pesar de que nuestra última colección superó las pro