Ava irrumpió por la puerta de la elegante oficina de Sebastián, con el rostro sonrojado por un cóctel de ira y traición. El clic-clac de sus decididos tacones sobre el suelo pulido resonó como un metrónomo que marcaba sus crecientes agravios.
—¡Sebastián!" La voz de Ava cortó el aire, aguda y clara.
—Amor, ¿dónde estabas? Me sentía preocupado, no respondías mis llamadas.
Ava soltó una pequeña risa, justo la misma angustia que ella tenía la noche anterior al no atender sus mensajes, y llamadas.