La silueta de Sebastián llenó la entrada de la habitación del hospital de Ava, un marcado contraste con las paredes blancas estériles. En el momento en que su mirada se encontró con la de ella, una calidez se extendió por el frío espacio y los labios de Ava se curvaron en una frágil sonrisa, un saludo silencioso al hombre que se había convertido en su ancla en un mar de agitación.
—Hola —murmuró, cruzando la habitación con algunas zancadas decididas. Su voz era suave, como el susurro del viento