Los dedos de Sebastián tamborilearon a un ritmo entrecortado sobre la caoba oscura de su escritorio, cada golpe resonó en el silencio cavernoso de su oficina. Las paredes, adornadas con arte y premios de vanguardia, parecían acercarse a él. Su mandíbula se apretó con tanta fuerza que estaba seguro de que se haría añicos.
—Antonio. —espetó Sebastián, conteniendo apenas la tempestad que llevaba dentro. —Encuentra a Alejandro ahora. Dile que Cleo no puede ser la cara de esta campaña. No es negocia