El jardín de la mansión Montenegro estaba bañado por la luz dorada del atardecer, que se filtraba a través de las hojas de los árboles, creando un paisaje de sombras y destellos.
Sebastián caminaba lentamente, sus manos cruzadas a la espalda, mientras su mente navegaba por un mar de pensamientos turbios. Ava lo observaba desde la distancia, sentada en un banco de mármol, sabiendo que algo pesado y sombrío rondaba el corazón de su esposo.
Finalmente, decidió acercarse, sus pasos apenas audibles