Samara pensó lo peor.
Toda su mente se resumió a las revistas y los artículos, las descripciones que habían hecho del millonario, y sus gustos sacados de la normalidad, vinieron a aterrarla.
—No quiero que me lastimes… —ella expresó de forma baja, mientras André vio como sus labios temblaron.
El hombre frunció su ceño, y luego llevó sus dedos para acariciar sus mejillas mientras negó.
—No voy a hacerte ningún daño…
—Entonces… ¿Para qué es esta corbata? —André sonrió para ella, y luego tomó