—Vamos, Samy… ¡Soy el padrino!
—Lo sé, cariño, lo sé… Ada no se deja la cinta en su cabeza…
André resopló soltando el aliento, y caminó en grandes zancadas por toda la habitación para llegar hasta ella.
—Ella no quiera esta mier… —miró a Samara deteniéndose—. Esta pendejada… no le gustan estas cintas… y tú la obligas…
Ada, de ocho meses, balbuceó, arrojándole los brazos a su padre, y él se apresuró en tomarla de inmediato.
—Ella será la que lleva los anillos… debe estar bonita… —objetó Samara c