Daniel conducía despacio, con semblante satisfecho y relajado como nunca se había sentido. Se entretenía lanzando amorosas miradas a través del retrovisor a la joven y al pequeño que dormitaban en el asiento de detrás. Se habían levantado temprano para partir enseguida. El niño cansado del largo y pesado trayecto no dejaba de llorar, así que Débora aprovechó una parada y se sentó a su lado para jugar con él. Ninguno de los dos había resistido al vaivén cansino del coche y hacía rato que un tr