Faltaban cinco minutos, y todavía no estaba lista. Se miró al espejo girando a un lado y a otro. Llevaba su cabello suelto, y lucía un vestido gris de tela vaporosa, de falda ancha, con un corte en la cintura y que apenas le llegaba al muslo. Las sandalias eran rojas, al igual que el abrigo, y estaba aplicando color a sus labios cuando sonó el timbre de llamada. Seguro que era él; no había nadie más puntual que Jeremy Blackwell.
Diablos, todavía le faltaban los accesorios.
Cuando bajó, lo encon