Vuelcos.
Cuando Beatrice se adentra al refugio, siente que necesita gritar, golpear algo. Rara vez siente odio puro. Ese que quema y nubla la razón, pero ahora lo tiene.
Su amiga Karina se acerca, entre confundida y molesta por lo que acaba de pasar.
—Bea, necesitas respirar, por Dios...
La castaña lo hace, hasta que su cuerpo puede moverse sin sentir que podrá herir a alguien.
—Es una bruja —musita—. No sé qué le vio el tío Anthony. Dios mío. Estaría tan molesto por todo esto…
Karina le asiente, sabe de la relación tan bonita que ambos tenían.
—Siéntate, por favor, te daré algo de beber.
—¿Y Valentina?
—Está en la oficina. Tiene tu teléfono, pero ahm… —Karina se detiene para ir a buscarle algo de jugo, y cuando se lo da finalmente le dice: —Dijo que… ¿Llamaría a su padre?
Y alza ambas cejas, sin entender, esperando que Beatrice le explique.
La castaña toma un sorbo de jugo, pero ni el dulce le quita el malestar. Luego ve a su amiga, y aunque no tiene energía para contarle todo, lo hace. Con c