Entre la espada y la pared.

Por más que el calor familiar, las gaitas, el olor de las hallacas y demás está presente, de repente hay algo que se siente roto. Beatrice lo siente cada vez que Dulce, María de los Ángeles o la señora María le dan una mirada. Intenta disfrutar de todo, como tanto lo soñó, pero al estar a solas en el baño, se mira al espejo y refresca su rostro.

—Todo está bien…

La puerta se abre y su corazón se detiene al ver entrar a Raúl, con una mirada desesperada.

Él la abraza por detrás, besando su mejilla, impregnándose de ella. No se dicen nada, solo se sonríen, enamorados. Luego comparten un beso dulce y vuelven al bullicio.

Esta simple acción hace que todo el cuerpo de Beatrice regrese a la normalidad. No hay nada que temer siempre y cuando lo tenga a él.

Las horas pasan y la madrugada los alcanza haciendo las hallacas. Los cuerpos agotados duermen hasta el domingo al medio día.

El sonido constante del teléfono hace a Beatrice despertar. Su hija está abrazada a ella así que le cuesta alcanza
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