De cabezas.
Beatrice siente cómo todo da vueltas mientras su corazón bombea con fuerza.
Intenta buscar en sus recuerdos borrosos una petición como esa, pero no lo consigue. La idea de pedírselo sería demasiado descabellada incluso estando ebria.
—No. No. No… Es imposible que le haya pedido eso, señor Meléndez —afirma.
Pero entonces recuerda su pasado, la razón del por qué está en esta situación en primer lugar. Consintió estar con un desconocido y tampoco lo recuerda, así que, ¿cómo no sería posible esto ahora?
Lo mira, confundida. Y él, con esos ojos oscuros profundos, la mira con, ¿compasión? ¿O acaso es lastima?
—Señorita Durán... —Traga hondo—. Me temo que sí. Que después de decirle que... Tengo una novia que no amo, usted tomó tres martinis seguidos y...
La castaña se eriza, teniendo el leve recuerdo de su voz diciendo: “pero tengo novia.” Y toda la ira que eso le provocó.
—Demonios... —masculla, llevándose las manos a la cara, frustrada.
«Odio el alcohol. No volveré a tomar nunca más», se p