Madison apretó mi mano mientras íbamos de camino al despacho, su tacto era suave y tibio.
No necesite más de cinco minutos para que mi amigo se hinchara como si fuese a explotar.
—Madison preciosa, te deseo tanto.
Abrí la puerta del despacho, y ella me empujó hacia adentro, cerró la puerta con un fuerte golpe a sus espaldas, y me miró fijamente.
—¿Me deseas, esposo?
—¡Oh si! Madison , claro que sí, te deseo como desde el primer día que vi tu cuerpo menudo, batallando por huir aquella noche.
M