La oscuridad de la habitación seguía abrazando el amanecer.
El reloj apenas marcaba las cuatro de la madrugada.
El silencio era profundo.
Pesado.
Pero dentro de aquella cama, el corazón de Renata latía demasiado fuerte.
Demasiado rápido.
Seguía aferrada al cuerpo de Sebastian como si temiera que desapareciera en cualquier momento.
Sus dedos sujetaban ligeramente la tela de su camisa.
Y las lágrimas…
Todavía humedecían sus pestañas.
Entonces él se movió.
Fue un movimiento lento.
Natural.
Su braz