El aire en la habitación se volvió pesado, denso, casi irrespirable.
Antonio Vegetti permanecía sentado en la cama del hospital, con la espalda recta, los dedos entrelazados con fuerza, como si contuviera algo, algo que amenazaba con romperse en cualquier momento. La puerta se abrió con suavidad.
Marcos entró. Su expresión era seria. Medida. Pero sus pasos. Tenían un leve peso. Antonio no lo miró de inmediato.
—¿Dónde está Renata porqué no la haces pasar?
La pregunta fue directa. Fría. Sin ne