La puerta de la habitación se cerró con un golpe seco. Renata apenas tuvo tiempo de apoyarse contra ella antes de que su cuerpo cediera.
El aire le faltaba sus manos temblaban y las lágrimas… ya no podían detenerse. Caminó unos pasos torpes hacia el interior, como si cada movimiento le pesara más de lo que debía.
—¿Por qué…? —susurró entrecortada, llevándose una mano al rostro—. ¿Por qué ahora…?
Su voz se quebró por completo.
El recuerdo aún estaba fresco.
Demasiado.
El roce forzado.