El padre de Irina volvió a marcar el número nuevo de su hija, pero este siguió apagado. Ya tenía dos semanas sin saber de ella. Rogó para su interior de que estuviera bien, sana y salva.
—Señor, tiene visitas. —anunció la señora del servicio, el hombre arrugó su ceño, intrigado de quién podría ser.
— ¿Quién es?—preguntó.
—Es el señor Müller. —se tensó al escuchar quién era.
—Que pase, y que nadie nos moleste.
—Sí, señor. —la mujer se retiró dejándolo a solas en su despacho. Momentos después, la