—Ven, —dijo Alejandro con suavidad—. Quédate a dormir conmigo. Estarás a salvo aquí.
Ella lo miró, aún agitada, y su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera decirle que se detuviera.
—Está bien... —murmuró, rendida ante ese gesto.
Alejandro se movió con naturalidad, preparó una sábana más gruesa y la arropó con cuidado, sintiendo la necesidad de protegerla del frío y la tormenta que rugía afuera. Valeria lo observó, sintiendo una oleada de confusión. En la penumbra, entre los ecos de la