La cabaña es oscura y húmeda, con un aire rancio que le revuelve el estómago. Sus muñecas están atadas con una soga gruesa, lo suficientemente fuerte como para impedirle moverse con libertad, pero no lo bastante para que no pueda idear una forma de escapar. Lía observa a los dos guardias que la vigilan. Hombres fornidos, con cicatrices en los brazos y expresiones endurecidas por la guerra. No la subestiman, y eso le dice que han escuchado historias sobre ella.
Perfecto.
Si creen que es peligros