Silas.
Haber enterrado a mi padre fue tan doloroso, que no quería alejarme de la tumba. Silvana apoyó una mano en mi hombro, sus ojos hinchados demostraban lo mucho que lloró.
—Felicidades, hermano, ahora nadie te dirá qué hacer…
—¿Crees que yo quería esto? —Fruncí el ceño.
Cualquier palabra me estresaba y la tomaba para mal. La única que lograba calmarme era Naomi, con su dulce aroma lleno de tranquilidad. Ella estaba con su mejor amiga, cerca de nosotros.
—No te estoy echando la culpa —m