Silas.
Unos días después, Naomi evitaba salir de su habitación y por fin tuve la oportunidad de hablar con mi hermana.
—¿Ahora eres la señorita “muy ocupada”? —Me crucé de brazos, pegado a la pared de la sala.
—Qué gracioso, Silas. Estoy evitando tener que ver a tu supuesta luna, ¿no es obvio? —Rodó los ojos, cambiando de canal en la televisión.
—Créeme, si yo pudiera, le enseñaría por mi cuenta —bufé—. Lamentablemente, papá no aceptará ninguna orden mía hasta que nazca mi hijo.
—¿Y si re