Teo bajó la mirada hacia Hannah y se inclinó para darle un beso en la cabeza.
—¿Estás bien, cara mia?
—Sí.
—¿Segura? —insistió con suavidad—. No has dicho nada desde que salimos del consultorio de la doctora.
Ella tragó saliva.
—Yo… estoy un poco asustada.
—Me alegra no ser el único —respondió él con una media sonrisa.
Desde que la doctora pronunció la palabra mellizos, un ligero mareo lo había recorrido de pies a cabeza. Por un instante pensó que iba a desmayarse. ¿Emocionado? Sin duda. ¿At