Eran casi las cuatro de la tarde. Teo y Hannah estaban en la oficina privada que Nerea tenía en casa, un espacio que parecía sacado de una película de espionaje. El aire olía a componentes nuevos y a café recién hecho. En el escritorio semicircular frente al cual estaba sentada Nerea, tres computadoras emitían un leve zumbido constante. Aunque Hannah no entendía mucho de tecnología, podía apostar que cada una costaba una fortuna y eran de última generación.
En la pared del fondo, dos pantallas