Hannah no recordaba la última vez que se lo había pasado tan bien. Desde primera hora de la mañana, la casa de sus suegros se había llenado de gente. Los tíos, primos y el resto de la familia de su esposo habían traído consigo un bullicio cálido y caótico que a ella le encantaba.
Algunos de los hombres se habían apostado frente a la parrilla, vigilando las carnes como si fuera una misión de honor, mientras otros cortaban y preparaban los acompañamientos entre bromas y discusiones sobre recetas.