Thiago dejó los senos de Maya al descubierto.
Nunca se había considerado un hombre especialmente atraído por los senos. Claro que había admirado los de alguna que otra mujer, pero en ese momento ni siquiera podía recordar el rostro de ninguna de ellas. Estaba obsesionado con los senos de Maya. Eran del tamaño perfecto, no demasiado grandes, y cabían a la perfección entre sus manos.
Inclinó la cabeza y se llevó uno de ellos a la boca. Usó la lengua para jugar con su pezón.
—Thiago... —gimió e