Maya sonrió mientras observaba a Thiago jugar con Zak. Los dos estaban completamente absortos en una carrera de coches que, cada cinco segundos, terminaban chocando y explotando. Su hijo iba sentado entre ambos en su silla para auto. No sabía cuándo Thiago la había conseguido; el lunes simplemente ya estaba instalada en su coche.
Durante los últimos cinco días, Thiago los había acompañado todas las mañanas hasta la guardería. Maya había intentado convencerlo de que no era necesario —estaban a