Sienna estuvo a punto de comerse una fresa, pero tras escuchar a la niña, de repente se le quitaron las ganas. Un destello de malicia cruzó su rostro. Se acercó al sofá de Damian, se sentó de nuevo en el reposabrazos y dijo con voz melosa:
—Cariño, ¿quieres una fresa? Te la acerco.
Damian, que volvía a hojear su revista financiera, respondió de forma tajante: —Gracias, no. No me gustan las fresas.
Adeline seguía comiendo tranquilamente con la niña. Al oírlo, Valentina exclamó sorprendida: —¿Eh?