—Pero Adeline, los vestidos y las joyas ya están aquí —insistió Rebecca por teléfono—. ¿Por qué no echas un vistazo? Quizás encuentres algo que te guste.
Maya, que estaba sentada junto a Adeline en la oficina de la obra, alcanzó a oír parte de la conversación y soltó una risita cómplice. —En ese caso, ¿por qué no aceptarlos? Son gratis, Adeline. Sería un desperdicio total enviarlos de vuelta.
Adeline miró a Maya y luego a Leo, reflexionando un segundo. Finalmente, volvió al teléfono: —¿Tienen ro