Me quedé unos segundos bajo el paraguas, todavía agachada, todavía intentando recuperar el control de algo que ya se me había escapado de las manos.
—¿Puedes levantarte? —preguntó finalmente, con un tono tranquilo.
Asentí despacio y me apoyé en mis propias manos para ponerme de pie, aunque sentía las piernas más débiles de lo que quería admitir. Él no me sostuvo, no invadió, solo se mantuvo ahí, lo suficientemente cerca como para ayudar si lo necesitaba, pero lo suficientemente lejos como para