Mariana
La llamada suena y suena, haciendo eco en todo el apartamento como si me aplastara el pecho. No sé cuántos segundos pasan, pero finalmente la pantalla se apaga y la habitación vuelve a quedar en silencio.
No contesto, no puedo y no quiero.
Lo pongo en modo silencio, lo dejo boca abajo en la mesa y respiro hondo, tratando de mantenerme entera. Pero ya estoy rota. Y lo peor es que él ni lo sabe.
Al día siguiente amanezco con los ojos hinchados y un dolor de cabeza que parece que me parte