La mañana en la Academia St. Jude transcurría con la elegancia habitual de las instituciones de élite. Liam llegó temprano para recoger a Leo; no envió al chofer, ni a Noel. Necesitaba ver al niño, necesitaba reafirmar la promesa que se habían hecho en la oscuridad de la noche anterior.
Mientras caminaba hacia el patio de juegos, Liam se detuvo al escuchar un murmullo de voces infantiles y adultas tras un seto de jazmines.
—¿Ves? Te lo dije —decía un niño con voz burlona—. Leo no tiene papá. Mi