Capítulo 32. ¿Podemos sólo dejar que pase?
La presencia de Santiago era tan intensa, tan poderosa como la primera vez que se había sentido abrumada por el magnetismo casi animal que la atraía, tan eléctrica que Muriel no supo, o no quiso, detenerlo.
Arrastrada por la sangre retumbando en su cabeza y el fuego que le brotaba de la piel, terminó enroscada entre los brazos fuertes de ese hombre que, sin decir ni una palabra que rompiera el hechizo, la elevaba sin dificultad para besarla a su antojo, aferrándola de la cintura, como si fuera