Guille
El abogado se metió entre Héctor y yo con una precisión que no fue valentía, sino oficio. No levantó la voz, no hizo espectáculo, no intentó convencerlo con moral. Le habló con el tono exacto que se usa con los hombres que creen que el mundo les pertenece, ese tono que no suplica, pero tampoco desafía de frente; solo encuadra, registra, y les recuerda que el conflicto también deja rastros.
—Señor, hay cámaras —dijo, señalando sobre la cabeza del inútil—. Y hay periodistas afuera. Si uste