NICOLLE.
Desperté sola en la gran cama del dormitorio. Me senté, apretando las sábanas a mí para cubrir mi pecho desnudo, no veía a Jesús por ningún lado
— ¿Mon coeur? —la puerta de la habitación se abrió y lo vi entrar con una bandeja de desayuno. — ¿Y eso?
—Eres Mon Amour, deseo consentirte —. Él puso la bandeja sobre mis piernas. Acarició mi mejilla con dulzura —Eres preciosa.
— ¿La mujer más hermosa de todo el mundo?—pregunté riéndome.
—Sí, la mujer más bella de este mundo y ciento celos