Mirando el techo blanco inmaculado, Luna percibió en ese momento el aroma embriagante del incienso. La lámpara de cristal se mecía con suavidad sobre su cabeza hasta que escuchó el sonido del agua cayendo en el baño, despertándola por completo.
Sintió que le levantaban las piernas y Luna se sacudió ligeramente por instinto. Al levantar asombrada la mirada, vió a un hombre desnudo arrodillado entre sus muslos, ¡con los ojos lascivos clavados en ella!
—Preciosa, deja de hacerte la inocente. Atiénd