Nadia en ese momento ladeó la cabeza, sin atreverse a hablar. José ya le había puesto la plata encima de las piernas.
—Este es tu pago, te lo ganaste muy bien. No me gusta deberle nada a nadie.
—Está bien, lo tomaré, pero no me vayas a pegar.
Nadia se guardó en su bolsa, temblorosa y con torpeza los billetes . Una voz resonaba una y otra vez dolorosamente en su cabeza: «ya que amas tanto comer cualquier cosa, acábate rápido este plato de comida rancia. Si no te lo comes, te encerraré acá y haré