Carlos marchó por los oscuros corredores de la finca Moretti, sus zapatos golpeando el suelo pulido con un ritmo cortante y constante. Su rostro estaba tallado en piedra, pero su mente bullía con urgencia, fragmentos de la llamada de Vivian repitiéndose una y otra vez. Un sacerdote. Un nombre. Jennifer. Secretos demasiado peligrosos para el aire libre.
Llegó al estudio de Vincent, esa gran puerta de roble alzándose como la entrada a alguna antigua catedral. Golpeó con los nudillos una vez, lueg