Una semana más tarde, Katrine y Sofie caminaban juntas por las calles del centro, mientras sus botas dejaban un camino sobre la nieve fresca. Sus risas tranquilas rompían la quietud del invierno, en tanto la luz de la mañana brillaba en los escaparates adornados con luces invernales.
—¡No puedo creerlo! —exclamó Sofie, con una sonrisa de oreja a orejas—. ¡El vestido es perfecto! No veo la hora de que sea la boda y Mathias pueda verlo. Creo que nunca había estado tan segura de algo en mi vida.
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