Una semana después…
El reloj marcaba las seis de la mañana y el departamento de Astrid estaba sumido en un silencio sepulcral, únicamente interrumpido por el eco lejano del viento que golpeaba los cristales de las ventanas. En medio de aquella quietud, Astrid estaba sentada frente a la mesa del comedor, su rostro iluminado tenuemente por la fría luz del monitor. Sus dedos volaban sobre el teclado con la precisión de quien sabe que cada segundo es crucial.
Sus movimientos eran meticulosos, aunqu