Aquella mañana amaneció con un silencio inquietante, como si incluso el viento temiera perturbar el entorno de Katrine. Desde la ventana de la cocina de la mansión Lund, observaba el jardín, donde los trillizos jugaban despreocupados, disfrutando de la primavera. Sus inocentes risitas parecían una burla cruel a la tormenta que rugía dentro de Katrine. Mientras tanto, en la encimera, Sofie rellenaba dos tazas de café y, de vez en cuando, levantaba la mirada con genuina preocupación.
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